Cierra la puerta tras de sí. Hoy, no puede más. Ni una queja ni una petición ni un grito añadido. Mira a su alrededor y comprueba el desastre en cada rincón: la pila llena de platos y cubiertos sucios, la placa salpicada de la salsa con la que quiso innovar y que nadie le aplaudió; la olla con el fondo sucio que deberá frotar con saña; la encimera repleta de restos de la comida a la que cada uno sacó una pega. “Demasiado dulce”; “sin sal” “demasiado frío”; “sin más”… Esos eran todos los comentarios recibidos. De nadie obtuvo un triste “gracias”. Tampoco lo necesitaba, hubiera bastado con que, por un día, alguien hubiera dicho algo positivo o, al menos, que no llegaran a mesa puesta para irse cuando esta apenas estaba todavía vacía. Demasiada prisa en su entorno, cuando a ella le gustaba hacerlo todo lento: pensar un menú, hacer la lista de la compra, pasearse de tienda en tienda, cocinar a fuego lento… Por eso, entre tanto desorden fuera, se refugió en aquel lugar al que sabía que no la seguirían, nunca nadie llegaba ahí, como si fuese solo cosa suya: La cocina.
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