Este microrrelato pertenece a un reto creado con @twentytworeadings / Dos y veintidós (Maribel González).
El desafío consistía en una selección de palabras de otros idiomas que no tienen traducción directa al nuestro. Estas se asociaron, por sorteo, a diferentes premisas.
Esta historia ha sido creada con la siguiente idea:
Palabra: IRUSU (japonés): fingir que no estás en casa cuando alguien llama a la puerta.
Premisa: Ambiente navideño.
El desafío consistía en una selección de palabras de otros idiomas que no tienen traducción directa al nuestro. Estas se asociaron, por sorteo, a diferentes premisas.
Esta historia ha sido creada con la siguiente idea:
Palabra: IRUSU (japonés): fingir que no estás en casa cuando alguien llama a la puerta.
Premisa: Ambiente navideño.
“Ya estaría”, pensó mientras se dejaba caer sobre el sillón que, por fin, volvía a estar en su rincón habitual, cedido por unos días al árbol de Navidad. Ya había subido el aparatoso abeto de plástico al trastero, junto con la caja repleta de luces y de las figuritas del belén. No le gustaba alargar más de lo necesario su presencia, si no fuera porque debía cuidar de sus nietos la semana previa a Nochebuena, mientras sus hijos todavía tenían que trabajar, ni siquiera las colocaría. Era su particular tradición y, por qué negarlo, una forma de tenerlos controlados por unas horas, sin dispositivos digitales ni peleas. Sin embargo, una vez que todos se marchaban, no tenía sentido alargar en el tiempo unos adornos que a ella sólo le traían recuerdos dolorosos. Así que, como cada año, después del día de Navidad, todo regresaba a sus paquetes.
Sus hijos insistían en pasar estas fechas todos juntos, sentían que se lo debían a su madre.
Pese a poner su mejor cara, ella prefería el plan en el que se acaba de embarcar: relajarse en el orejero mientras bebía con calma una infusión, de fondo, un capítulo de una de sus series y la espera de que la modorra apareciera lo antes posible. Minutos después, el eco del timbre la sacó del sopor en que estaba inmersa. Preguntándose si había sido parte de un sueño, se sobresaltó y decidió que era momento de cambiarse a la cama. Entonces, el sonido volvió a repetirse, confirmándole que había sido real. No entendía quién podía ser en ese día y a esa hora, nadie más que sus hijos conocía su nueva dirección, nunca recibió otra visita que no fuera esa, y así debía ser. Aunque temblaba, llegó a la puerta, levantó despacio la tapa de la mirilla y posó su ojo lentamente en ella. Esta vez no fue el timbre, la persona al otro lado usó los nudillos mientras preguntaba: “¿Puedes abrir? ¿No quieres que hablemos?”. No entendía nada, pero más que las preguntas pertinentes (“¿Cómo?”; “¿Quién había dicho?”; "¿Qué pretendía?”), a su mente llegó el miedo.
Así que, mezcla de la imposibilidad de caminar por el terror y de la idea de hace el menor ruido posible, se agachó y fue a gatas hasta el salón. Ignoró las nuevas llamadas, las palabras y fingió no estar en casa, acurrucada en una esquina en absoluto silencio. No se le ocurría qué otra cosa hacer. Cuando creyó que, gracias a lo que fuera, se había cansado de intentarlo, cogió el móvil y escribió un mensaje a sus hijos: “Está aquí, me ha encontrado. Volved a por mí. Rápido”. A continuación, marcó el número de la policía y cuando alguien al otro lado respondió, con la voz temblorosa atinó a decir: “Necesito que envíen a alguien, tengo miedo. Mi maltratador, quien tiene una orden de alejamiento, ha estado aquí”.
Mientras llegaban, los recuerdos le martillearon: los insultos, el desprecio, las humillaciones... Y el día de Navidad en que decidió que sería el último soportándolo. Esta vez, sí tenía que ser el último.
Foto de Mart Production en Pexels
