Este microrrelato pertenece a un reto creado con @twentytworeadings / Dos y veintidós (Maribel González).
El desafío consistía en una selección de palabras de otros idiomas que no tienen traducción directa al nuestro. Estas se asociaron, por sorteo, a diferentes premisas.
Esta historia ha sido creada con la siguiente idea:
Palabra: IRUSU (japonés): fingir que no estás en casa cuando alguien llama a la puerta.
Premisa: Ambiente navideño.
Aquel día fue histórico. La ciudad se llenó de música, cánticos y voces que sólo ansiaban celebrar. La alegría inundaba cada rincón y, aunque caminaba contagiada por la belleza de la euforia, también sentía el caos. Especialmente desde que la conglomeración de personas le impidió avanzar. "¿Lograrían encontrarse?", se preguntaba entre empujón y empujón. A aquel partido no había podido asistir él, así que quedaron en reunirse en la celebración, si la había. Fue entonces cuando notó la ausencia.
Palpó su cuello y no la encontró. No podía ser, había perdido la bufanda. Trató de deshacer el corto camino que había logrado realizar. Se fijó en cada hueco del suelo que las pisadas le permitían ver.
No era una bufanda cualquiera. Era la que izó durante el partido desde la grada, la que lució con orgullo en el trayecto y la que pensaba agitar con alegría durante la celebración.
Sin embargo, lo que hacía que la prenda fuese única eran todas las ocasiones previas a esta. Como aquella vez en que la llevó de viaje al extranjero, únicamente para lucirla en las fotos. O esa otra en que jugaron un partido trascendental que también terminó en celebración. Incluso la oportunidad perdida de ascenso. Porque lo que tenían en común todas y cada una de las situaciones en que llevó aquella bufanda, era la persona con quien las había compartido, la persona que había adquirido ese complemento hacía más de treinta años, y por quien vivía esos encuentros con tal pasión.
No podía encontrar a él antes que a la bufanda.
No sabía si su padre le perdonaría que la hubiera perdido. Lo que no sabía, es que para su padre, tenía mucho más valor cada uno de los minutos compartidos, que aquella reliquia.